Jueves 20 de Julio del 2017
Q.E.P.D. SOBERANIA

 

 
 Interesante documento del Tte. Coronel Patrico Qhilhot Palma
 
 
 
La muerte de Osama Bin Laden abre una etapa de análisis que va mucho más allá de los alcances aparentes de la eliminación del mayor líder terrorista de los últimos años. Basta tan solo con pensar en el sustento legal y moral de la operación realizada por las Fuerzas Especiales de los EE.UU. en el territorio soberano de un estado ajeno y ejecutado bajo la dirección de su propio Presidente, con la justificación de eliminar a un enemigo de los intereses nacionales del país más poderoso de la tierra.
Sin poner en duda la peligrosidad de Bin Laden y su responsabilidad en los más graves actos del terrorismo de la historia reciente, no podemos dejar de considerar que la acción fue realizada sin el menor respaldo legal y que a pesar de ello, muchos líderes mundiales hoy la han aplaudido. Sabemos que junto a la inconsulta operación en territorio paquistaní, no hubo resolución judicial que avalara la supuesta intención de "captura", hoy claramente puesta en duda, al conocerse los tipos de heridas que causaron la muerte de Bin Laden y el hecho de encontrarse desarmado al momento en que fue eliminado.
Basta inicialmente con indicar que la actuación de fuerzas militares estadounidenses se llevó a cabo en un estado ajeno e internacionalmente reconocido y respetado, sin su autorización y sin mediar una resolución previa de las Naciones Unidas que lo facultara para ello, lo que constituye por si mismo una violación flagrante de la soberanía de Pakistán, explícitamente reconocida por el gobierno estadounidense.
El hecho en sí, junto con dejar en claro ante la comunidad internacional la abismante superioridad tecnológica de las fuerzas armadas de los EE.UU., demuestra que para su política exterior no existen fronteras y que su visión particular de la soberanía les lleva a considerarse facultados para actuar cuando y donde estimen conveniente, sin importar de que país se trate y de su derecho a conocer y decidir lo que ocurra en su propio territorio.
Esta visión de superioridad ante el resto de la comunidad de naciones, derriba por los suelos el derecho internacional en los términos que éste ha sido laboriosamente construido a través de los siglos hasta ser aceptado por el mundo civilizado, exponiendo a cualquier estado a soportar en su territorio el desarrollo de operaciones policiales, militares o de inteligencia decididas y ejecutadas libremente por el gobierno estadounidense, por el solo hecho de considerarlas necesarias para su seguridad nacional.
Al mismo tiempo de haber avasallado la soberanía paquistaní, con este acto el gobierno de los EE.UU. y los líderes mundiales que lo han aplaudido están reconociendo que la Justicia es solo un ideal que se deja a un lado cuando los intereses políticos lo requieren. Si nó es así, ¿cómo se explica la decisión de eliminar a Bin Laden, sin un juicio previo que lo condenara a la pena capital? ¿Cómo se explica que los jefes de estados donde la pena de muerte ha sido abolida hayan felicitado a Obama por la eliminación de Bin Laden? ¿Quiere decir esto que el asesinato político es un medio lícito cuando es empleado por un país poderoso e ilícito cuando lo es por un débil?
Es tan grave lo sucedido que sorprende la ambigüedad descarada de personajes como el Secretario General de la OEA, conspicuo representante de un mundo socialista tradicionalmente crítico de todo lo que huela a "imperialismo", quien ha justificado la operación e incluso el lanzamiento del cuerpo del terrorista al mar, olvidándose por un momento de la persistente campaña de su sector en contra de las "violaciones a los derechos humanos", para aceptar ahora sin tapujos lo que ayer calificaba como "crímenes de lesa humanidad".
Cabe preguntarse por el silencio mantenido hasta ahora por la Organización de Naciones Unidas, cuyo Consejo de Seguridad ratifica su subordinación a los intereses de los poderosos y la estrecha solidaridad existente entre éstos, augurando un triste futuro para la humanidad que parece caminar aceleradamente hacia el mundo previsto por Orwell en su libro "1984". Con su inutilidad proverbial, la ONU promueve la institucionalización de los estados de primera versus los de segunda clase, poniendo fin a la utopía de la igualdad ante el derecho internacional y demostrando que la Corte Internacional de Justicia solo existe para permitir la venganza de los poderosos ante los débiles, pero jamás para asegurar el respeto efectivo de los principios que regulan la vida civilizada para todos los estados del planeta. La mejor demostración de ello es el por qué EE.UU. se niega a reconocer la facultad de dicha corte para juzgar a sus connacionales, mientras promueve su uso en contra de terceros.
Nadie discute hoy en día la necesidad de capturar, juzgar e incluso poner fin a la vida de Bin Laden, pero aquellos líderes que se apresuraron a aplaudir la acción estadounidense no se detuvieron a pensar que con sus felicitaciones están avalando una futura acción de este tipo, en su propio territorio, donde podrían llevarse a cabo operaciones extranjeras sin su permiso ni su conocimiento, ya que han renunciado tácitamente al derecho exclusivo que proviene de su condición de Estado Soberano. ¿Qué explicación darían a su pueblo si el día de mañana el gobierno de los EE.UU. decidiera eliminar a uno de sus conciudadanos, por considerarlo peligroso, sin llevarlo a juicio? Y si los EE.UU. alertaran al gobernante de turno acerca de sus intenciones ¿serían éstos capaces de responder a sus presiones después de haber felicitado telefónicamente a su Presidente por el éxito en la eliminación de Bin Laden? Tal parece que la precipitación en el saludo podría resultar penando en la libertad de acción de aquellos que se apresuraron o que fueron mal asesorados en el momento de llamar a Obama.
Decimos hoy adiós a lo que por años conocimos como uno de los elementos constitutivos del Estado: la Soberanía, la cual, junto a la Nación y el Territorio daban sustento y estructura a lo que nos diferenciaba del resto de los países del orbe, llenándonos de orgullo y sentido de Patria. Hoy, más que nunca en la historia de la humanidad, es la superioridad económica-tecnológica-militar ?el Poder Nacional finalmente?lo que es aprovechado por los fuertes para regular sus relaciones con los estados más débiles, dejando la igualdad y la equidad para el consumo demagógico de unos pocos ingenuos. Por supuesto, con gran premura, antes que los tercermundistas puedan salir del subdesarrollo y adquirir la fuerza necesaria para resistir en algún grado su manipulación espuria.
La Soberanía ha muerto, la Justicia se ha rendido desde hace rato y la visión estratégica de los líderes políticos requiere urgente atención, a fin de estimular el renacimiento de un sentido de Estado y su responsabilidad consecuente, haciéndolos revisar el uso que dan a sus aplausos y los efectos que éstos pueden llegar a tener sobre el destino de las naciones hoy temporalmente a su cargo.
3 de Mayo de 2011