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Combate de La Concepción 9 y 10 de julio de 1882 y Batalla de Huamachuco. Ya se encuentra publicada la revista N° 45. ver y descargar al final de la página de la revista o al final de ésta.
Homenaje de la UNIÓN al sacrificio heroico de los 77 Chacabucanos en el poblado de Concepción, Perú y al Ejército de Chile en el día de Bandera y del Juramento a la Bandera de sus contingentes. La batalla de Huamachuco y los saludos a la Escuela de Montaña del Ejército de Chile que cumple hoy 6 de julio, 67 años de existencia.

Combate de La Concepción  9 y 10 de julio de 1882

Hay ciertas efemérides en la historia militar de nuestro país que han llegado a ser, de una u otra forma, muy emblemáticas no solo para el mundo castrense, sino que también para la sociedad chilena en su conjunto.

Entre ellas se cuentan el triunfo chileno en Yungay (20 de enero de1839), la gesta naval de Iquique (21 de mayo de 1879) y el combate de La Concepción (9 y 10 de julio de 1882.)

En esta oportunidad nos referiremos a la tercera de estas efemérides, el Combate de La Concepción.

[1]

Antecedentes: Remontándonos a la historia y a los hechos previos, recordando cual era la situación de nuestro ejército en el Perú.

Finalizada la Campaña de Lima con la ocupación de esa capital por las fuerzas chilenas, después de las batallas victoriosas de Chorrillos y Miraflores (13 y 15 de enero de 1881) no fue posible firmar la paz con el Perú por divergencias surgidas.

Terminadas las operaciones regulares el enfrentamiento estaba en desarrollo en la Sierra o Breña peruana, contra las fuerzas reorganizadas del general peruano Andrés Avelino Cáceres, apodado el Brujo de los Andes. Estas fuerzas estaban integradas por los restos del ejército peruano que habían huido después de las últimas batallas y que habían sido reclutados junto con indígenas y hacendados por dicho general.

La necesidad de destruir las fuerzas enemigas de la resistencia, la conveniencia de ir a la total ocupación del país y presionarlo mediante la existencia de un ejército de ocupación que viviera de la comarca para hacerles sentir el peso de la derrota, da origen a innumerables expediciones militares que se conocen con el nombre de "Campaña de la Sierra".

El jefe político-militar de Chile, el contraalmirante Patricio Lynch, había decidido que mientras no se destruyera totalmente al ejército peruano, no se podía seguir con la lucha hacia la paz. Fue así como Lynch creó la División del Centro, con tres mil hombres, con el único objetivo de conquistar la Sierra Central.

Tres de las más importantes expediciones realizadas en este período bélico de dos años y medio cobran especial relevancia por el heroico significado de los combates que en el transcurso de ellas tienen lugar, y que constituyen motivo de legítimo orgullo: el combate de Sangra o Sangrar en la primera, el de La Concepción en la segunda expedición a la Sierra y, en la tercera, la batalla final de Huamachuco que permite entablar definitivamente negociaciones de paz con el Perú cuyo término fue el Tratado de Ancón.

Hasta el término de la primera expedición que duró dos meses y medio y que alcanzó hasta el departamento de Junín se sucedieron cambios de importancia en el Comando en Jefe del Ejército de Ocupación. El mando entregado por el general Manuel Baquedano al de igual grado Cornelio Saavedra por regreso del primero a la patria al mando del contingente que retorna a la paz, recae a su vez en el general Pedro Lagos y de manos de este jefe, en las del contraalmirante don Patricio Lynch.

Envalentonado después del regreso de la primera expedición al interior, el ejército peruano del Centro, dirigido por el audaz guerrillero general Andrés Avelino Cáceres, desciende de la sierra y ocupa posiciones en la línea general Canta-Chosica-Huarochirí, a las puertas de la capital peruana.

El gobierno recomienda con especial urgencia al contraalmirante Lynch reactivar las operaciones militares, en especial aquellas que tengan como finalidad la de desalojar del valle del Rímac al general Cáceres. arrojándolo al otro lado de la cordillera. Ello origina una segunda expedición a la sierra.

La situación previa al combate: El 1 de febrero de 1882 había asumido el mando de las fuerzas chilenas el coronel Estanislao del Canto, comandante del 2° de Línea, mientras las tropas peruanas se reorganizaban para derrotar a la División del Centro, que ya se encontraba en las orillas del río Mantaro, lugar elegido por el general del Canto como sede del cuartel general.

Las fuerzas chilenas bajo su mando se hallaba desplegada ocupando poblados de la zona conformando guarniciones de nivel compañía en la mayoría de los casos.

El 5 de julio, Estanislao del Canto dispuso que la 4ª. Compañía del Regimiento 6° de Línea “Chacabuco”, al mando del teniente Ignacio Carrera Pinto, relevara una fracción del mismo regimiento. El teniente Carrera Pinto había sido ascendido a capitán, pero el nombramiento oficial no había llegado a sus manos y por ende, este no sabía de su reciente ascenso.

La guarnición chilena del pueblo de La Concepción se componía de un total de 77 hombres integrantes del Regimiento “Chacabuco” la mayoría, lo que incluía a tres mujeres, bajo el mando del recién ascendido capitán Ignacio Carrera Pinto. Se trataba de uno de los tantos destacamentos entre los que estaba repartido el contingente chileno que se hallaba operando en la sierra peruana.

Esta era la situación general que se vivía y que sirve de brillante marco a la heroica defensa de la plaza de La Concepción del Perú.

Se puede mencionar que los 3 subtenientes y los 73 hombres de tropa habían evidenciado ya, al igual que su comandante, pruebas de valor en los combates en que habían participado y la mayoría de ellos ostentaba menciones especiales por "valor a toda prueba".

El combate: El día 9 de julio de 1882 y en las alturas del Apatá, alturas que dominan la ciudad de Concepción o La Concepción, el coronel peruano Gastó alistó su fuerzas para el combate. Se había decidido a atacar La Concepción por estimar que esta plaza era la de más débil guarnición. Las fuerzas del coronel Gastó la componían alrededor de 2.100 hombres. entre soldados de línea, irregulares e indiadas.

A las 14.00 horas de ese día, Gastó envía a las indiadas bajo su mando, a ocupar las alturas vecinas; los guerrilleros se descuelgan al valle para llegar a la plaza por ambos costados y la tropa de línea de Gastó, vestida de blanco, forma en batalla dominando el cuartel chileno desde el cerro El León.

Antes de abrir los fuegos, el jefe peruano envía a través de mensajeros una carta al jefe chileno, en donde le dice los siguiente:

"Ejército del Centro Comandancia General de la Div. "Vanguardia". Concepción, julio 9 de 1882. Al Jefe de la Guarnición chilena de Concepción. Presente: Contando como Ud. ve, con fuerzas muy superiores en número a las que tiene Ud. bajo su mando y deseando evitar una lucha a todas luces imposible intimo a Ud. rendición incondicional de sus fuer· zas previniéndole que en caso contrario ellas serán ellas tratadas con todo el rigor de la guerra. Dios guarde a Ud. Juan Gastó".

En el papel blanco sobrante del mismo oficio, el Comandante de la Compañía capitán de ejército Ignacio Carrera Pinto. contesta: "Mi nombre está grabado en bronce en la capital de mi patria, no seré yo quien lo manche. Dios guarde a Ud. Ignacio Carrera Pinto”.

Carrera, orgulloso de sus antepasados, próceres de nuestra independencia y cuya misma sangre corre por sus venas, hace alusión en su respuesta a la estatua que en Chile inmortaliza el nombre de sus ascendientes y demuestra al adversario que, al chileno no le intimidan ni el número de las tropas enemigas ni las amenazas de rigor.

Carrera distribuye sus fuerzas para la defensa: dispone en las cuatro bocacalles sendas formaciones que desplegados en guerrilla impiden el acceso a la plaza: hace ocupar la torre de la iglesia y mantiene una reserva de guardia en el cuartel para la defensa de los patios.

A las 14.30 horas los peruanos inician los primeros disparos, pero son contenidos en toda la línea por la defensa.

A las 17:00 horas de la tarde. la situación se torna crítica para los chilenos; la tropa enemiga se apodera de las casas que circundan la plaza, guiados por los mismos habitantes que cooperan a la acción y rompe nutrido luego por la espalda y flancos de las guerrillas que, en repetidas cargas a la bayoneta, han mantenido libres de enemigos a los accesos a la plaza.

A las 18:30 horas, el coronel Gastó, que en persona dirige la acción, ordena a sus hombres el cese del fuego, pues desea esperar la llegada de refuerzos que ha solicitado con urgencia.

Carrera Pinto ordena levantar los heridos, los remite al cuartel y se repliega cubriendo la retaguardia de los suyos.

Carrera cree que la repentina retirada del enemigo proviene de la llegada de la división chilena que se desconcentra por el camino de Huancayo. y toma la ofensiva a la cabeza de una veintena de sus soldados.

Mientras tanto, se arrojan desde los techos de los edificios colindantes tarros llenos de parafina y teas encendidas y bien pronto la ciudad se ilumina con las llamaradas originadas por el incendio del cuartel. El capitán Carrera hace trasladar los heridos junto al portón principal y a la cabeza de los más hábiles efectúa una nueva salida para despejar la plaza ocupada por el enemigo y las indiadas, aprovechando la oscuridad de la noche.

Pero cae, esta vez para no levantarse más, y lo sucede en el mando el subteniente Arturo Pérez Canto, quien se hace cargo de la guarnición sitiada por las llamas, recibiendo los certeros disparos desde la torre de la iglesia, los intentos de invasión del cuartel que realiza el enemigo por los forados abiertos en las paredes y la lucha al arma blanca que se realiza a sus puertas.

La guarnición atacada sufrió un sostenido ataque desde, aproximadamente, las dos y media de la tarde del día 9 de julio de 1882 hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Primero los chilenos defendieron las entradas de la plaza del pueblo, pero con el paso de las horas debieron replegarse a su cuartel.

El subteniente Pérez Canto muere cumpliendo la consigna recibida y pasa a ocupar su puesto el subteniente Julio Montt Salamanca. Su poca tropa apenas se sostiene en pie: las municiones se concluyen; pero, al rendir la vida al amanecer, el mando llega al último oficial sobreviviente, Luis Cruz Martínez.

En la mañana del día 10 solo sobreviven cinco hombres, siendo el subteniente Luis Cruz Martínez el de mayor graduación. Sin embargo, el muy superior número de enemigos no tardó en imponerse, por lo cual no quedó ningún chileno sobreviviente en esta acción de guerra, cumpliendo la inmaculada y postrera expresión del capitán Ignacio Carrera Pinto: "A morir por la Patria. muchachos!".

Una guarnición completa, además de las tres mujeres que completaban la guarnición, así como y un infante nacido en el fragor del combate están muertas. Pero no hubo rendición y todos ellos cumplieron con la consigna de todo soldados chileno “El chileno no se rinde”.

Término el combate: La indiada, ebria de aguardiente y sangre. se entrega a los más vergonzosos y degradantes actos de salvajismo, que el coronel Gastó y sus oficiales no pueden reprimir. Siguiendo la tradición atávica, desnudan los cadáveres, los descuartizan y clavan sus cabezas en las puntas de sus lanzas. Las tres mujeres, un niño de cinco años y la criatura recién nacida corren igual suerte.

El combate ha terminado a las 9 horas del día 10 de julio. A las 16.00 la división chilena que debió atrasar en un día su paso por La Concepción empieza a desfilar frente a los 77 chacabucanos transformados en 77 héroes al ocupar para siempre la ciudad peruana que les fue confiada. Eran setenta y siete soldados forjados en la dura disciplina de la guerra. A los integrantes de la división del coronel Estanislao del Canto, les tocó contemplar el dantesco panorama.

Después del mediodía del 10 de julio de 1882, sólo sus cadáveres se hallaban diseminados en la plaza y en el cuartel: eran esos setenta y cuatro héroes que con·juntamente con sus oficiales yacían en el lugar que las tradiciones de su patria y el cumplimiento del deber les habían impuesto.

Aquellos bravos. lejos de la patria, no necesitaron estímulo alguno para cumplir con su deber; sabían, al empuñar sus armas, antes que el combate comenzara, que iban al sacrificio, y, sin embargo, no hubo vacilaciones.

Cuando llegó el coronel Canto con la división chilena a La Concepción vio el siniestro cuadro y refiere: "El aspecto que presentaba el cuartel era lúgubre y muy conmovedor. porque sólo quedaron montones de cadáveres de ambos combatientes y el hacinamiento humeante aún de los escombros del cuartel consumido por el fuego".

Y allí. en medio de tan triste y conmovedor espectáculo, flameaba medio quemada la bandera de Chile. Parecía estar allí montando guardia a los 77 valientes. Canto ordenó retirarla. Entre otras cosas dice: “Viéndola yo desde la casa en que me desmonté, ordené a mis ayudantes Bisivinger y Larenas que me la fueran a traer, lo que se ejecutó poniéndole con lápiz rojo y en la estrella de la bandera la fecha del día y la firmó Bisivinger".

Siguió luego la piadosa tarea de enterrar a los muertos. Del Canto dice: "Ordené se hiciese en la iglesia una fosa para enterrar a los oficiales y a la tropa que cupiesen y en seguida que se pegase fuego a la iglesia para que los escombros de ella salvaguardasen la profanación de sus cadáveres".

Los corazones de los cuatro oficiales se extrajeron de sus cuerpos por orden del comandante Pinto Agüero y fueron colocados en un frasco con alcohol. Hoy descansan en la Catedral de Santiago.

Algunos testimonios: Los testimonios de los integrantes de la división que observaron el resultado del combate son esclarecedores:

Justo Pastor Merino, cirujano del Ejército chileno que estaba en campaña en la sierra peruana y que se contaba en las filas de la división del coronel Estanislao del Canto, la cual venía en retirada desde Huancayo, dice que:

“Nosotros entramos a Concepción como a las 5 de la tarde del día 10 a sangre y fuego. Pues a esa hora todavía quedaban en el pueblo algunos montoneros, que pretendieron hacerse fuertes a pesar de nuestra proximidad; pero tuvieron que ceder, y una vez nosotros en el pueblo, lo primero que hicimos fue visitar el cuartel. ¡Qué terrible espectáculo se presentó desde el primer momento a nuestra vista! El cuartel en gran parte estaba abrasado por las llamas y al llegar a su puerta se veían desde los umbrales los cadáveres hacinados. Entré al cuartel de a caballo y al encontrar en los cuartos y en el patio cadáveres y sólo cadáveres ignoro lo que pasó por mí. Sólo sé que maquinalmente [sic] llevé la mano a la cintura sacando mi revólver y miré alrededor, esperanzado quizá de encontrar a algunos de los asesinos”.

Manuel Salas, quien era oficial subalterno del Batallón Movilizado “Lautaro”, cuerpo este último que conformaba la columna del coronel Canto, da cuenta del mismo sentimiento cuando escribió al autor Nicanor Molinare, quien se hallaba preparando una obra acerca de este combate:

“Llegamos de los primeros a la plaza [del pueblo de Concepción] y nos animaba la esperanza de hallar algún «chacabuco» vivo. Lo que vimos, usted con pluma maestra lo relata con exactitud. Al salir de la iglesia donde primeros entramos, me encontré con el ilustre comandante Pinto Agüero [quien en ese tiempo era el comandante del Batallón Movilizado Chacabuco, cuya Cuarta compañía había sucumbido en este pueblo] que salió del cuartel, intensamente pálido y en cuyos ojos se reflejaba lo que su alma sentía en esos instantes.

Se nos dio orden de revisar casas y sitios, y fue imposible contener a los soldados que vengaban a los «chacabucos» y a un soldado nuestro que había quedado ahí de los enfermos que condujo días antes el capitán Guzmán”.

Una impresión análoga la entrega otro testigo de los restos que quedaron en Concepción. El capitán Arturo Salcedo, quien era ayudante de Pinto Agüero, en otra misiva dirigida a Molinare señaló:

“Al llegar a «La Concepción», y visto el cuadro de horrores que se presentaba, me ordenó el comandante Pinto Agüero recogiese y juntase todos los cadáveres de los mártires de la 4ª. Compañía. La tarea fue difícil y larga, y se terminó a horas avanzadas de la noche […]”.

El testimonio de Víctor Valdivieso, quien era teniente de la Quinta Compañía del Batallón “Tacna” 2º de Línea, relata la extrañeza que le causó el hecho de que nadie viniera a recibir a la división que venía llegando al pueblo, para luego expresar su desconcierto cuando penetró en la plaza de dicho poblado:

“La Quinta Compañía del 2º de Línea entró a Concepción, como ya he dicho, en la tarde del día diez y nos extrañó a los que éramos amigos del mocho Carrera Pinto, como lo llamábamos, no nos viniese a recibir conjuntamente con los demás oficiales […] Los que creíamos a la compañía que estaba destacada en la Concepción en muy buena situación con respecto a víveres, nos extrañó no viniesen los oficiales a recibirnos para ofrecernos algún alimento, puesto que hacía más de veinticuatro horas no lo tomábamos.

Tan luego como dejé alojada mi compañía me dirigí al cuartel situado en la plaza para saludar a los oficiales, pero ¡cual no sería mi sorpresa al encontrar solo los cadáveres de los valientes que allí habían sucumbido! El dolor, la rabia, el despecho por no poder vengar a los que habían sido cobardemente asesinados por un número crecidísimamente mayor de enemigos, se apoderó de mí. Desde ese momento me concreté a hacer comentarios con los demás oficiales sobre esta hecatombe”.

El corresponsal del diario “El Mercurio” en el teatro de guerra comunicó las repercusiones inmediatas que había tenido el combate de La Concepción entre los habitantes de la sierra peruana, en el cual descolló la conducta de los militares chilenos:

“El combate de la Concepción y el heroísmo de los 77 chilenos circulaba en aquellos pueblos con todos los caracteres de una leyenda. Los indios se contaban unos a otros los detalles de aquel increíble suceso, en que un puñado de chilenos había perecido hasta el último sin rendirse y poniendo fuera de combate más de 800 enemigos. Hasta tal punto había llegado la sensación, que las autoridades peruanas decidieron prohibir, bajo severas penas, que ninguno se acercase al lugar que antes ocupaba el pueblo de la Concepción ni los demás destruidos por nuestras tropas, a fin de que no cundiera entre ellos la desmoralización y el desaliento”.

En el caso de la prensa peruana, dentro de la correspondencia dirigida al diario “El Eco de Junín”, también se destacó el notable comportamiento de esta guarnición chilena. Si bien algunos datos que aquella entrega no concuerdan totalmente con la historiografía nacional, es muy notable que se haya reconocido el valor desplegado por los chilenos, junto a los combatientes peruanos:

“Según las disposiciones del General en Jefe, el coronel Gastó, Comandante General de la División de Vanguardia, atacó en la tarde del mismo día 9 a la guarnición de la ciudad de Concepción, la misma que sucumbió por completo, sin que se salvase ningún jefe, oficial ni soldado. La guarnición de Concepción constaba de 100 hombres, al mando del comandante Carrera Pinto, sobrino de don Aníbal Pinto, ex–Presidente de Chile. Este jefe murió heroicamente defendiendo el puesto que le había sido confiado, dando ejemplo de valor a sus subalternos, que se batieron hasta el último momento, haciendo frente a nuestros soldados que competían en arrojo y decisión con enemigos dispuestos a vender caras sus vidas; peruanos y chilenos lucharon con denuedo y encarnizamiento”.

En el parte oficial que el coronel Estanislao del Canto elevó al Jefe del Estado Mayor General, en el cual informó acerca de lo sucedido en Concepción, se aprecia que junto con el desconcierto producido por el horrible cuadro que observaron los chilenos en esa población, ya se vislumbraba el hecho de que la acción de guerra que allí tuvo lugar estaba llamada a ser uno de los grandes hitos de la historia militar chilena:

“Mi escasa inteligencia, señor General, divaga para comprender si es mayor el profundo y justo sentimiento que debemos experimentar por la pérdida de tantos buenos, o bien, si lo es la gloria alcanzada por esos héroes a costa del sacrificio de sus vidas. […] El mutismo de soldado invade mis facultades y me priva del derecho de poderme explayar más sobre tan grandioso hecho, que habla muy alto en pro de la patria chilena y de los defensores de su honor”.

En la proclama que dicho coronel entregó a sus hombres, una vez superada la amarga impresión por lo contemplado en La Concepción, señaló:

“Si os encontráis en igual situación a los 77 héroes de Concepción, sed sus imitadores y entonces agregaréis una brillante página a la historia nacional y haréis que la efigie de la patria se presente una vez con el semblante risueño en símbolo de gratitud por los hechos de sus hijos”.

Días después de la homérica jornada de La Concepción, las autoridades chilenas en Lima presidieron las honras fúnebres que se celebraron en la iglesia de Santo Domingo de dicha ciudad, las cuales se llevaron a cabo con mucha solemnidad y con la presencia de destacadas personalidades civiles y militares, junto con la colonia chilena establecida en Lima y El Callao.

En la prensa limeña se dio cuenta de esta ceremonia, la cual fue considerada como un justo homenaje a los militares chilenos caídos en La Concepción, los cuales ya estaban considerados como héroes de la historia de Chile:

“La manera como se ha conmemorado el recuerdo de las heroicas víctimas de la sierra no ha podido menos que satisfacer al patriotismo chileno, que ha visto en la manifestación ya expresada un homenaje digno de la gloria de héroes como los que hoy nos traen a la memoria los hechos legendarios de mejores tiempos, en que como en el día, el pabellón chileno se ostentó brillante al libre aire y en la zona tropical”.

El “Combate de La Concepción” es considerado, hasta hoy, como uno de los hechos más dramáticos de la Guerra del Pacífico y de todas las guerras en las que ha participado nuestro país.

El sacrifico de los chacabucanos constituye el norte de cada integrante del Ejército de Chile y por extensión, de todos los miembros de las fuerzas armadas. No nos olvidemos de nuestros ciudadanos, los que concurren a cumplir con su servicio militar y que, al toque del clarín, concurren a ocupar sus puestos de combate, como lo hicieron miles de chilenos en la Guerra del Pacífico y en especial, los 77 chacabucanos de La Concepción.

Su ejemplo es recordado año a año con especial fervor, al representar el sentir de cada soldado del presente y del futuro. Esa conmemoración ha sido elegida el día de la bandera, así como la fecha en que cada nuevo oficial, clase y soldado jura frente a su bandera el cumplir con sus deberes militares hasta rendir la vida si fuese necesario, tal como lo hicieron los 77 chacabucanos en aquel perdido pueblo de La Concepción, sin pensar en ningún momento en salvar sus vidas a costa de una deshonrosa rendición.

Ahora que la patria está pasando por momentos de extrema delicadeza y extremo enfrentamiento de ideas políticas apoyadas por el caos y el desorden, el enfrentamiento con las fuerzas policiales y las ideas políticas de un extremismo peligroso para el futuro de nuestro país, volvamos a renovar nuestro juramento que hicimos ya hace varias décadas, ya no para el combate con las armas, sino con el apoyo a las ideas que pueden ser la solución para todo lo que nosotros queremos para nuestro hijos y nietos y sus descendientes.

La Unión de Oficiales en Retiro de las Fuerzas Armadas hace un patriótico recuerdo de este glorioso hecho de armas y saluda afectuosamente al Ejército de Chile, institución que mantiene vivo el recuerdo de sus héroes y vibra con la repetición de su desarrollo.

¡Viva Chile!

 


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Nota: Dejamos constancia de la incorporación en el presente homenaje, de antecedentes y detalles históricos considerados en los trabajos elaborados por don Eduardo Arriagada Aljaro, Lic. en Historia PUC, miembro de la Academia de Historia Militar y por el CF Arturo de la Barrera Werner, publicado en La Revista de Marina de la Armada de Chile. 

 

Batalla de Huamachuco

Carolina Herbstaedt M., Historiadora UAI

Academia de Historia Militar.

Después de las batallas de Chorrillos y Miraflores, ocurridas el 13 y el 15 de enero de 1881, se produjo la entrada a Lima de nuestro Ejército y, desde entonces y hasta la batalla de Huamachuco, la guerra pareció paralizarse.

Tras estas trascendentales acciones de guerra y su posterior entrada en Lima, Chile asumió que la guerra había terminado, pero no ocurrió tal cosa, sino que aquella pareció estancarse a ratos en combates y otras acciones muy menores que solo alargaban lo inevitable.

La ansiada paz no llegaba, debido a que no había gobierno con quien negociarla y esta fue la tónica que dominó la campaña de la Sierra, en la cual no se registraron grandes batallas, lo que no quiere decir que los encuentros entre los beligerantes hayan sido menos cruentos.

Tras la entrada en Lima se buscó negociar la paz con Perú, sin embargo, no había un gobierno establecido en el país al que dirigirse con este propósito. Así “pasan los meses y los años 1881 y 1882, sin que nadie en el vencido Perú aliente el cívico deber de formar un gobierno de verdad, que pacte con el vencedor, que firme la paz”.  Con el gobierno peruano acéfalo y sin poder negociar tratativa alguna que asegurase la paz entre ambas naciones, Chile comenzó a sopesar sus alternativas y a decantarse finalmente por apoyar al general Iglesias, el más abierto a terminar cuánto antes la guerra, aunque ello implicase la pérdida de territorios para Perú, opción que no contaba con un apoyo decidido por parte de los demás sectores de este país.

Por este motivo, las tratativas de paz se alargaron en el tiempo y pronto las semanas de ocupación se transformaron en meses en los que poco se avanzaba. Al cabo de infructuosas negociaciones en las que ninguna de las partes llegaba a acuerdo, sobre todo por el destino de la provincia de Tarapacá, por fin hubo signos esperanzadores: el general peruano Miguel Iglesias se convenció de que la única manera de recuperar al Perú sería aceptando las condiciones chilenas.

Uno de los mayores detractores de la idea de la firma de cualquier tratado de paz que implicase cesiones territoriales para Chile, era el general peruano Andrés Avelino Cáceres, conocido popularmente como el “Brujo de Los Andes”.

Considerando las fuerzas de las que disponía y de la porfiada resistencia que oponía ante la ocupación chilena, era un factor importante que se debía neutralizar si se quería llegar a buen término. Cáceres había sido herido durante la batalla de Chorrillos, pero se las ingenió no solo para llegar a Lima y conseguir ayuda de los jesuitas (quienes lo ocultaron durante la duración de su convalecencia), sino además para huir hacia la sierra burlando todos los controles chilenos, en donde se estableció. “Su idea era levantar un ejército, con el cual emprendería la resistencia armada en contra del invasor chileno, comenzando así una guerra de hostigamiento y desgaste, de ataques relámpagos, para luego escalar a combates mayores”.

Chile solo lograría un acuerdo de paz si negociaba con el general Iglesias, cosa a la que Cáceres se opuso y buscó impedir por todos los medios, incluso si eso significaba la destrucción de Iglesias. Por lo tanto, Chile debió tomar medidas para proteger a este último, aunque fuese por las armas, si es que quería llegar a un acuerdo de paz. “En esas circunstancias, era necesario destruir el poder que había alcanzado Cáceres con 3.000 soldados en la Sierra central y Montero en la zona de Arequipa, donde todavía subsistía un ejército de unos 4.000 hombres, apoyado logísticamente por Campero desde Bolivia”.

En este contexto, se organizó una división de 6.500 hombres, dividida en tres fracciones, cuyos objetivos consistían en rodear, atacar y reducir al general Cáceres. Mientras estos movimientos se desarrollaban, un destacamento al mando del coronel Alejandro Gorostiaga, que protegía al gobierno de Miguel Iglesias, fue enfrentado y atacado por Cáceres en persona, cuyas fuerzas alcanzaban a los 3.000 hombres, en la localidad de Huamachuco, en circunstancias que las fuerzas chilenas solo ascendían a los 2.200 efectivos.

Gorostiaga había salido de esta ciudad el 9 de junio en una exploración hacia el sur, pero al percibir que aquellos desplazamientos podían revestir un serio peligro para la división de su mando, a lo que se agregaban las noticias de la cercanía del enemigo y el hecho de que podría estar rondándolo, determinó regresar a Huamachuco el 5 de julio.

Unos días después, se le unieron las agotadas fuerzas del destacamento al mando del comandante Herminio González, las que fueron recibidos con alegría, pues “no solo venía con refuerzos de hombres, sino que además traía una cantidad importante de tiros y municiones para las armas chilenas”. Se hicieron fuertes en la ciudad y se prepararon para lo inevitable.

“Al amanecer del 10 se dio inicio al combate imponiéndose las fuerzas de Gorostiaga que lograron poner en desbandada al ejército de Cáceres después de seis horas de lucha”.  Durante los primeros momentos, el combate se mantuvo parejo. Tanto chilenos como peruanos se batieron a duelo a muerte, con ahínco y decisión, y aunque a ratos la visibilidad era poca debido al humo de los disparos, no perdieron empuje.

No obstante, tras cuatro horas de brava contienda, sin que la balanza de la victoria se inclinase hacia alguno de los dos lados, Cáceres vio una oportunidad y ordenó que entrara en combate su reserva, lo que habría sido la estocada final para los chilenos. “Este movimiento de tropas es visto desde la ciudad de Huamachuco como una señal de victoria peruana, lanzándose al vuelo las campanas de las iglesias”.

Todo pareció perdido para los chilenos, quienes tuvieron que aguantar esta nueva embestida, pero en ese momento… las fuerzas peruanas se quedaron sin municiones. En su entusiasmado avance, olvidaron fijar una línea logística que proveyese a sus soldados de los tiros necesarios, los cuales, tras horas de lucha, finalmente se agotaron.

Gorostiaga rápidamente se dio cuenta de la situación, y ordenó a todos los clarines y tambores chilenos que tocaran a degüello.  “Los jinetes guiados por el sargento mayor Sofanor Parra bajan como celaje por la ladera del Sazón, chivateando como lo hicieran nuestros ancestros araucanos y haciendo temblar el suelo con los duros cascos del caballo chileno”.

Gorostiaga, sorprendiendo a sus tropas, cargó contra los enemigos junto con su Estado Mayor y con su ejemplo incitó a sus soldados a que lo siguieran. Había llegado el momento del combate cuerpo a cuerpo y fue entonces cuando la lucha se tornó encarnizada. Las fuerzas peruanas poco pudieron hacer para aguantar esta embestida y pronto huyeron en desbande, sin que los oficiales lograran contenerlos.

Al final de la batalla no hubo toma de prisioneros por parte de las fuerzas chilenas, las que fusilaron a todos los enemigos que pudieron apresarse, en consideración de la orden emanada desde Santiago de que no debían tomarse cautivos.

Ello, porque el Gobierno de Chile no reconocía a las fuerzas de Cáceres como tropas regulares y en consecuencia no estaban amparadas por el Derecho de la Guerra. De esta manera, el ejército del centro peruano quedó virtualmente aniquilado, registrando bajas de más del 50% de su gente.

La última gran batalla de la Guerra del Pacífico concluía con la victoria para las armas de Chile.

 

 Revista N° 45

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